
Este 23 de noviembre tendrá su estreno la esperada cinta El cielo está rojo, ópera prima de la directora Francina Carbonell, que iniciará su viaje internacional en uno de los certámenes de no ficción más importantes del mundo, el Festival Internacional de Cine Documental de Amsterdam (IDFA).
Descrito por Carbonell como “un festival muy cuidadoso y de alto nivel, en donde las películas no están puestas como productos de consumo sino como vías para complejizar nuestras lecturas y emociones”, IDFA seleccionó la cinta -de manera inédita- en dos competencias: “First Appearance Competition” y ““Competition for Creative Use of Archive”.
Este documental, que comenzó como un ejercicio de título universitario, nos conduce a una de las catástrofes carcelarias más terribles de Chile: el incendio en la cárcel de San Miguel que dejó 81 reos muertos y un juicio sin culpables. A partir de la reutilización de las pruebas audiovisuales del caso, el documental nos sumerge en el horror de esa fatídica madrugada y en la precariedad de nuestro sistema carcelario. Hablamos con su directora quien compartió detalles de la producción y las intenciones detrás de ésta, su primera película, producida por Gabriela Sandoval y Carlos Nuñez de Storyboard Media.
¿De dónde nace la inquietud de realizar un documental sobre el incendio de la cárcel de San Miguel?
La pregunta empezó a surgir el mismo día en que ocurrió el incendio y vi las noticias, hace 10 años atrás. Ese día el país quedó en silencio ante las imágenes que iban apareciendo en la televisión: eran insoportables, oscuras, infernales y que quedaron en el aire; un episodio que se inscribió como una herida sin elaboración.
Esa sensación me rondó muchos años, como esas impresiones que vuelven luego de haber visto algo que nos cuesta dimensionar. Me pregunté por el valor de esas imágenes, quiénes las habían filmado, qué querían mostrar, cuáles otras faltaban. A medida que empezamos a trabajar, fuimos descubriendo todos esos retazos que habían quedado: los objetos, los recuerdos, los archivos y sobre todo los agujeros que cargaban. Cuando escarbamos entre esos restos, lo que seguía ardiendo eran las marcas de un país profundamente desigual.
-¿Cómo crees que esta tragedia dialoga con las demandas planteadas por los movimientos sociales del Chile actual?
Una podría pensar que el incendio en la cárcel de San Miguel fue una de las tantas veces que Chile estalló. Lo que ocurrió no es extraño si pensamos que los incendios en cárceles abundan y las razones que originan el fuego son las mismas: condiciones precarias, hacinamiento, tratos crueles.
Fue una tragedia que dejó al descubierto que en este país la gente no tiene los mismos derechos, ni los mismos tratos, ni se le aplica la misma justicia. El sistema carcelario actual es un espacio que encierra la pobreza y viola los derechos humanos de forma sistemática. Justamente es en ese punto donde se posan las demandas de octubre, en acusar un proyecto de país que ha sido diseñado para mantener y profundizar las diferencias entre clases sociales; un proyecto que cala en nuestra cotidianidad, en nuestros afectos, en nuestros deseos; cuando el dolor es tan sostenido, termina por estallar, se incendia.
Entonces, me parece muy necesario el ejercicio de volver a relatar esos dolores, de buscar formas narrativas que nos ayuden a contar nuestras historias y nos abran al futuro.
-¿Cómo fuiste encontrando el punto de vista de la película y qué descubrimientos tuviste respecto del incendio, la realidad carcelaria o sobre el cine en sí mismo?
Esta película comenzó como una tesis entre muchos compañeros de la Universidad de Chile y, en un primer momento, me sentía tan lejos de esa realidad que intuí que lo único en lo que podíamos aportar era en exponer los reveses, las trampas, las fisuras que fueron parte del proceso judicial. Sin embargo, en estos años nos hemos ido acercando a la organización “81 razones” y hemos sentido su apoyo, hemos estado cerca durante las velatones que realizan las familias todos los meses afuera de la cárcel, y entonces pudimos sentir cómo el dolor se puede llevar cuando hay otros que legitiman ese espacio, cuando hay compañeros que pueden poner hombros, orejas, tiempo, energía para soportar entre todos ese luto.
Y entonces empecé a pensar la película menos como como una obra y más como un puente, que no está ni acá ni allá, sino en el espacio que nos permite transitar y escuchar al otro con atención. Creo que eso me permitió complejizar un punto de vista, pero sobre todo trabajar la película desde una posición afectiva.

¿Cómo fue el proceso de montaje utilizando materiales tan diversos, entrelazando archivos de la PDI, carpetas judiciales y grabaciones que realizaste dentro de la cárcel?
Fue un proceso difícil. Pasé muchos días pasando el cursor de la línea de tiempo con una real incertidumbre de si era posible construir sentido con esas imágenes tan dolorosas. También era abrumador la cantidad de material que existía: audios de tres años de juicio, horas y horas de material de la PDI, documentos interminables. Buceamos en un mar infinito donde todo era posible y por ende nada era posible.
En ese sentido, creo que gracias a un trabajo colectivo muy comprometido, pudimos no solo entender el causa-efecto, sino también lo que había ocurrido, entonces lo infinito del material y la diversidad de formatos que existían fueron en realidad aliados que nos ayudaron a expresarnos con precisión. En algún momento la necesidad de encontrar la estructura perfecta y el pegamento ideal que iba a unirlo todo se despejó, y empezamos a conectarnos más con las emociones, las censuras, la manipulación que se leían en los detalles de cada una de esas imágenes.
Esos archivos de naturaleza judicial fueron lentamente desplazándose a una dimensión más poética construyendo una trama que no solo nos sumerge en esta tragedia en particular, sino también en la fragilidad del sistema carcelario de nuestro país.
-¿Qué significa para ti estrenar en un certamen tan importante como IDFA y cómo crees que audiencias alrededor del mundo van a responder al documental?
Estamos enormemente felices de poder estrenar en IDFA. Es una película sensible, que demanda un espacio en donde sea tratada con delicadeza y respeto. En ese sentido, creo que IDFA es un festival muy cuidadoso y de alto nivel, en donde las películas no están puestas como productos de consumo sino más bien como vías para complejizar nuestras lecturas y emociones, y creo que eso es lo que esperamos de este documental, que nos permita seguir hablando.
Pese a ser una película construida sobre una realidad muy local, creo que nadie necesita que le expliquen mundos diferentes al suyo, sino más bien que nos abran las puertas para sumergirnos en ellos. Las distancias que tenemos con audiencias internacionales son grandes, pero los sistemas de segregación, discriminación, de segundas categorías, más o menos disfrazados, más o menos grotescos, laten en todas partes.
El cielo está rojo”se estrenará el 23 de noviembre en IDFA, que se llevará a cabo en los cines de Ámsterdam y de forma virtual. La película fue dirigida por Francina Carbonell, producida por Storyboard Media y editada por Francina Carbonell, Andrea Chignoli y Christophe Murray. La cinematografía estuvo a cargo de Ignacia Muñoz, el sonido de Vicente del Pedregal y el diseño de sonido de Carlo Sánchez y Claudio Vargas. Fue escrito por Francina Carbonell, Ignacia Muñoz, Constanza Lobos, Vicente del Pedregal y Arimsay Fuentes.














